Salón García: El Templo del “Imaxinario”

Hubo una época en que ir al cine era un auténtico ritual. Una liturgia que empezaba mucho antes que la película. Las salas tenían alma, peso, presencia, personalidad. 

El momento cumbre era la anticipación. Ese instante mágico en que las luces se desvanecían y el silencio se apoderaba de la sala. Cuando escuchabas el roce de las pesadas cortinas abriéndose, como si desvelasen un secreto, y entonces sucedía el milagro. El proyector cobraba vida y un haz de luz, casi tangible, cortaba la oscuridad sobre tu cabeza para desvelarte nuevos mundos que esperaban para ser descubiertos.

Hoy, por desgracia, esa magia se ha empaquetado en cajas negras clónicas. Da igual que estés en Madrid, Berlín o Vigo: entras en espacios diseñados para ser invisibles, asépticos, funcionales, pensados para que te olvides de dónde estás en cuanto se apagan las luces. Y sobre todo para que la experiencia sea rápida.

En Curtas Festival do Imaxinario nos rebelamos contra esa frialdad. Nos negamos en redondo a meter el cine en el sótano de un centro comercial o en una multisala sin identidad, rodeados de olor a franquicia y ambientadores baratos. El cine no es “consumo rápido” y el lugar donde lo ves no es un simple contenedor; es el cómplice necesario.

Para nosotros, no se puede entender el festival sin el Salón García. Es una cuestión de respeto, de patrimonio y de reivindicar que el entorno, la decoración y la acústica forman parte de la experiencia tanto como la película.

Un escenario que ya estaba aquí antes de que todo empezara

Para que calibres la magnitud de este sitio, ponte en situación: 1884. Cuando el Salón García abrió sus puertas, a los hermanos Lumière aún les faltaban once años para patentar el cinematógrafo y a Méliès le quedaba una década larga para asustar al público con La mansión del diablo.

La historia tiene miga. Todo nace de la visión de Juan García Porto, un comerciante y  banquero que hizo las Américas y quiso traer a  su pueblo la sofisticación de los teatros que veía en Nueva York en un edificio, la Tertulia de Confianza; y en otro, justo detrás, un teatrillo a la italiana. Encargó el proyecto al maestro Manuel Pereiro, pero el destino es caprichoso: García Porto murió en la ciudad de los rascacielos en mayo de 1884, justo antes de ver su sueño terminado.

Pero el verdadero flechazo con el celuloide llegó en diciembre de 1930, cuando el Salón tuvo  al fin su propio proyector fijo. El mítico “cine del Mercantil” convirtió la curiosidad en liturgia, transformando para siempre la vida social de Vilagarcía.

Si las paredes hablasen…

Decir que este sitio tiene memoria no es poesía barata; es un hecho. El Salón lo ha visto todo.

Aquí no solo se ha proyectado cine. Imaginaos esta escena: cuando la Royal Navy atracaba en la ría, este era el lugar donde cientos de oficiales británicos celebraban sus oficios religiosos. Y no solo eso. En este mismo patio de butacas se celebró la asamblea de 1910 que puso los cimientos para la unión de los ayuntamientos de Vilagarcía, Carril y Vilaxoán.

Y ojo, que estuvimos a punto de perderlo. En los 70, tras la fusión del Mercantil con el Liceo, el edificio quedó abandonado. Fue la primera corporación democrática la que, en 1979, tuvo los reflejos de paralizar otras obras —las de la casa de la cultura en el Cavadelo— para comprarlo y rescatarlo. Una jugada maestra.

El Fantástico en su hábitat natural

Esa carga histórica cambia cómo ves las películas. En Curtas no solo “ponemos” cine; recuperamos un ritual.

Muchas son las proyecciones que han pasado por estas paredes. Pero hay una que marcó a una generación. Era marzo del 91. El Ciclo “Héroes del Cine”. La entrada, gratuita. Entre clásicos de aventuras y alguna que otra película fantástica, el día 26 la sala se quedó a oscuras para proyectar La cosa de John Carpenter. Ver ese terror orgánico, visceral, en esta sala no fue una sesión más; fue una experiencia inmersiva antes de que se inventara la expresión, y el caldo de cultivo que hizo germinar el actual Curtas.

La arquitectura de este sitio juega a nuestro favor. Ver un clásico mudo aquí, musicado en directo y a la luz de las velas, es casi arqueología viva. Las salas modernas son higiénicas, aburridas; este teatro tiene sombras y texturas que le sientan al cine fantástico como un guante.

Porque aquí asistir a un evento es una experiencia. La decoración te envuelve, el sonido tiene carácter y la disposición del entorno acompaña en todo momento para potenciar la intensidad de lo que estás viviendo. No eres un espectador pasivo; estás dentro. Esa es la verdadera maravilla del cine.

 Y esa es, amigos, la maravilla del Curtas.

Seguir en el centro de Vilagarcía es nuestra declaración de intenciones. Podríamos irnos a una sala moderna y cómoda, claro. Pero la simbiosis entre el género fantástico y este templo histórico es lo que nos hace únicos. Estamos en una de las salas en activo más antiguas de Galicia, y eso hay que honrarlo.

Nos vemos en el Templo. Nos vemos en Curtas Festival do Imaxinario.