
Relato: Manuel Losada | Ilustración: Santipérez | Sobre una idea de Luis M. Rosales
EL TURNO DE MADRUGADA
A Marta le tocó el turno de madrugada el primer sábado del festival.
No protestó. Llevaba años limpiando edificios públicos y sabía que había trabajos que nadie quería. Lo que le extrañó fue la orden: aquella noche no debía limpiar las salas ni los baños, solo los pasillos y los accesos. Nada más.
—No entres en las salas —le dijo el encargado—. De eso ya se encargan otros.
No preguntó quiénes.
El Salón García olía distinto de noche. No era suciedad ni producto de limpieza. Era un olor viejo, húmedo, como de madera que nunca termina de secar del todo. Cada vez que pasaba la fregona, el agua se oscurecía antes de lo esperado, como si el suelo devolviese algo que llevaba tiempo guardando.
En el pasillo lateral notó la primera anomalía.
No fue un ruido, sino una presión leve, continua, que le subía por los pies y se le quedaba en el pecho, marcando un ritmo lento. Marta se detuvo un instante, con la fregona apoyada en el cubo. Pensó en un generador, en una instalación antigua, en una avería menor. Pensó en lo que siempre funciona para seguir trabajando.
Continuó.
Las luces del pasillo no se apagaron, pero perdieron intensidad durante un segundo, como si alguien respirase hondo dentro del edificio. Marta no levantó la vista. Había aprendido hace tiempo que mirar de más suele complicar las cosas.
En la puerta de una de las salas, el cubo de limpieza estaba desplazado.
Marta estaba segura de haberlo dejado bien pegado a la pared. Se acercó, lo colocó en su sitio y, sin saber por qué, apoyó la mano en la puerta.
La retiró de inmediato.
No estaba caliente de una manera normal. Era una temperatura irregular, sostenida, como si al otro lado hubiese algo vivo, respirando muy despacio, ajustándose al espacio.
Dio un paso atrás.
Desde dentro llegó un sonido amortiguado, similar a un murmullo colectivo. No voces. Algo más profundo. Algo que no necesitaba palabras ni intención clara.
Marta cogió el carro y siguió trabajando.
No miró atrás. Había hecho de la disciplina una forma de protección. Hay cosas —pensaba— que funcionan mejor si se ignoran con método.
Al terminar el turno, en el vestuario, encontró restos en los bajos del pantalón.
No polvo. No suciedad habitual. Granos finos, húmedos, pegados al tejido, imposibles de explicar en un edificio cerrado.
Los limpió en el lavabo sin detenerse a pensar demasiado.
El agua tardó más de lo normal en irse por el desagüe.
Al salir, miró el reloj. Eran las cinco y dieciséis. El edificio estaba en silencio, pero no completamente vacío. Marta no supo explicar esa sensación, solo la anotó mentalmente, como hacía con otras cosas.
Al día siguiente, el encargado le preguntó si todo había ido bien.
—Sí —respondió—. Todo tranquilo.
No le contó que, desde aquella noche, cuando duerme, sueña con un pasillo interminable, con un suelo que parece ceder bajo los pies y con una puerta tibia que alguien empuja desde dentro, con paciencia.
Tampoco le contó que, algunas madrugadas, escucha en su propia casa un sonido familiar, amortiguado, como un proyector distante poniéndose en marcha sin orden alguno.
Y que entonces, sin pensarlo, se levanta de la cama y espera.
Como si todavía estuviese de servicio.
