
Relato: Manuel Losada | Ilustración: Santipérez | Sobre una idea de Luis M. Rosales
EL ÚLTIMO PASE
Nadie recuerda quién cerró el Salón García aquella noche. Eso es lo primero que me inquieta ahora, tantos años después.
Yo era el encargado del último turno. No un proyeccionista de verdad —esa figura ya no existía—, solo un técnico eventual contratado para cubrir el cierre tras una retrospectiva de terror clásico. El festival había terminado. La gente se había ido. En la sala había quedado ese silencio espeso que se deposita en los edificios cuando dejan de cumplir su función.
Apagué las luces del patio de butacas una a una. El sonido de cada interruptor se demoraba más de lo habitual, como si el espacio se resistiese a aceptar que todo había llegado a su fin.
Entonces escuché algo.
Procedía de la zona técnica: un zumbido bajo, irregular, similar al arranque de un equipo digital sin orden previa. Lo reconocí al instante y, precisamente por eso, supe que no debía estar ocurriendo. El sistema de proyección estaba apagado. Yo mismo lo había comprobado minutos antes.
Avancé por el pasillo lateral que conduce al control técnico. Mis pasos sonaban ajenos en aquel espacio vacío, como si el edificio amplificase cualquier presencia para no quedarse solo.
Dentro, el equipo mostraba actividad.
El servidor central permanecía inactivo, al igual que el sistema habitual de control. Solo el proyector auxiliar, usado en pruebas y montajes, estaba encendido. La interfaz marcaba una cadencia irregular. Los ventiladores giraban sin proyectar imagen alguna.
En la sala, la pantalla se convirtió en una superficie negra perfecta.
No era falta de proyección, sino algo más compacto: una presencia densa, como una lámina líquida que absorbía la mirada y devolvía otra cosa.
Comprendí entonces que aquello no se dirigía a nosotros. Procedía de otro lugar.
El mar irrumpió en la estancia.
El sonido de las olas llenaba el espacio cerrado. Un olor acre, mezcla de salitre y materia orgánica en descomposición, hizo irrespirable el aire. La sensación era la de que la ría había encontrado una grieta por la que entrar.
Algo se movió en el lienzo.
Nada definido. Ninguna forma estable. Sombras desplazándose bajo aquella superficie oscura, presionando, probando, como si buscasen un punto débil.
Pensé en apagar el sistema. En marcharme. En hacer como si aquello no estuviese ocurriendo.
Entonces apareció el reflejo.
No surgió de un cristal, sino de la propia pantalla apagada, que ya no devolvía la imagen de la sala, sino algo distinto.
Detrás de mí había alguien.
Un hombre delgado, vestido con ropa imposible de situar en una época concreta. El rostro nunca llegaba a fijarse del todo en la realidad. Las manos estaban manchadas de una sustancia oscura que no era grasa ni polvo.
—No pares —dijo.
Sus labios no se movieron. La frase se formó directamente en mi cabeza, como un pensamiento ajeno.
—Mientras la pantalla siga viva, duermen.
Supe quién era sin necesidad de explicaciones. El Primer Operario. El custodio. El primero que entendió que el cine no era un espectáculo, sino una barrera.
El equipo reaccionó con una vibración profunda, no como fallo técnico, sino como respuesta. Las sombras golpearon la superficie negra desde dentro. El edificio entero emitió un crujido largo, como una estructura sometida a una presión que no le correspondía.
—¿Y cuándo termina el festival? —pregunté, sin saber por qué.
El reflejo hizo algo parecido a una sonrisa.
—Nunca.
Entonces comprendí la verdad que nadie explica en los programas ni en las presentaciones oficiales: el Curtas Festival do Imaxinario no abre el Umbral. Lo mantiene cerrado.
Cada pase, cada proyección, cada espectador sentado en la oscuridad sin saber por qué siente inquietud forma parte del mismo gesto antiguo: arrullar aquello que sueña bajo la ría.
El sistema se apagó solo.
El lienzo recuperó su blancura habitual. El aire se aclaró.
Cuando me volví, la sala estaba vacía. El equipo, inerte. Como si nada hubiese ocurrido.
Cerré el Salón García. Eché la llave. No miré atrás.
Al día siguiente, nadie supo explicarme por qué el registro interno marcaba una proyección más de las programadas.
Desde entonces, cada vez que paso delante del edificio durante el festival, tengo la certeza de que algo observa desde debajo del suelo. Algo paciente. Algo que espera.
Y rezo —aunque no crea en nada— para que nunca falte la luz.
Porque si la pantalla se apaga del todo, Vilagarcía no despertará de la misma forma.
