LAS MAREAS NEGRAS

Mi padre decía que el mar no siempre devuelve lo que se le entrega. Lo decía sin dramatismo, mientras limpiaba los aparejos al atardecer, como quien habla del tiempo o de una vieja lesión en la espalda. En Arousa aprendemos pronto que hay verdades que no necesitan explicación.

Yo crecí viéndolo entrar en la ría antes del amanecer y volver cuando la luz ya no tenía fuerza. Nunca hablaba de lo que pasaba allí fuera. Nunca le pregunté. El mar, como ciertas personas, se respeta mejor desde el silencio.

La primera Marea Negra la vi el año que murió.

No figuraba en ningún calendario. No hubo aviso. Simplemente ocurrió.

Aquella noche el agua dejó de reflejar el cielo. Lo que se veía en la superficie no era oscuridad, sino un brillo espeso, oleoso, como si la ría se volviera del revés y dejase a la vista algo que normalmente permanece oculto. El olor llegó antes que la visión: algas estropeadas, metal viejo, una presencia que raspaba la garganta al respirar.

Los viejos lo notaron enseguida. Cerraron las ventanas. Bajaron las persianas. Nadie dijo nada, pero todas las casas parecían contener la respiración.

Yo bajé al puerto.

No sé por qué. Quizá porque había pasado demasiadas noches acompañando a mi padre sin entender nada, y aquella era la primera vez que sentía que el mar intentaba explicarse.

Las embarcaciones crujían contra los amarres. No por la fuerza del agua —la ría estaba casi inmóvil—, sino como si algo se desplazase por debajo, rozando los cascos, comprobando límites.

Entonces escuché el canto.

No se podía llamar voz. Tampoco sonido humano. Era un ritmo grave, repetitivo, que parecía surgir de la propia masa del agua. No entraba por los oídos: se instalaba en el pecho, en los dientes, en la memoria.

Comprendí algo terrible y sencillo al mismo tiempo: el mar recordaba.

Vi figuras en los bancos de arena. No quise mirarlas de frente. Aprendí de niño que hay cosas que, si se observan con demasiada atención, ya no te sueltan. Aun así, percibí sus contornos: cuerpos excesivamente alargados, movimientos que no seguían una lógica terrestre, ojos situados donde no deberían existir.

Cantaban.

Y al hacerlo, la ría respondió.

No vi escenas completas, sino fragmentos: estructuras hundidas bajo el agua, calles que no obedecían a la geometría conocida, sombras enormes desplazándose por una ciudad que nunca figuró en los mapas. Algo inmenso, respirando con la paciencia de quien no teme el paso del tiempo.

Supe entonces por qué el cine se encendía esos días en Vilagarcía. No por cultura. No por tradición. Sino por necesidad.

Desde el puerto se distinguía el resplandor irregular de las salas. La luz proyectada hacia la noche parecía cumplir una función más antigua que el propio festival, como si alguien estuviera arrullando algo demasiado grande para este mundo.

El canto cambió. Se volvió más lento. Más profundo. Menos insistente.

Las figuras se alejaron. La superficie del agua comenzó a aclararse poco a poco, como si la ría aceptase el trato una vez más. El olor se disipó. El reflejo del cielo regresó, aunque ligeramente deformado, como un recuerdo recompuesto con prisa.

Me quedé allí hasta el amanecer.

Cuando volví a casa, encontré las botas de mi padre junto a la puerta. Estaban húmedas, cubiertas de ese brillo oleoso que todavía me mancha las manos en los sueños.

Nunca se encontraron restos. No hubo luto oficial. El mar, como siempre, se quedó con lo que reclamaba.

Desde entonces, cada año, cuando el festival comienza, bajo al puerto en silencio. Miro el agua. Agradezco que las pantallas sigan encendiéndose.

Porque sé lo que ocurre cuando no hay luz suficiente.

Y porque, algunas noches, cuando el viento viene del oeste y la ría oscurece más de lo habitual, escucho de nuevo el canto.

Más lejano.

Más paciente.

Esperando a que alguien olvide proyectar la siguiente historia.

Mi padre decía que el mar no siempre devuelve lo que se le entrega. Lo decía sin dramatismo, mientras limpiaba los aparejos al atardecer, como quien habla del tiempo o de una vieja lesión en la espalda. En Arousa aprendemos pronto que hay verdades que no necesitan explicación.

Yo crecí viéndolo entrar en la ría antes del amanecer y volver cuando la luz ya no tenía fuerza. Nunca hablaba de lo que pasaba allí fuera. Nunca le pregunté. El mar, como ciertas personas, se respeta mejor desde el silencio.

La primera Marea Negra la vi el año que murió.

No figuraba en ningún calendario. No hubo aviso. Simplemente ocurrió.

Aquella noche el agua dejó de reflejar el cielo. Lo que se veía en la superficie no era oscuridad, sino un brillo espeso, oleoso, como si la ría se volviera del revés y dejase a la vista algo que normalmente permanece oculto. El olor llegó antes que la visión: algas estropeadas, metal viejo, una presencia que raspaba la garganta al respirar.

Los viejos lo notaron enseguida. Cerraron las ventanas. Bajaron las persianas. Nadie dijo nada, pero todas las casas parecían contener la respiración.

Yo bajé al puerto.

No sé por qué. Quizá porque había pasado demasiadas noches acompañando a mi padre sin entender nada, y aquella era la primera vez que sentía que el mar intentaba explicarse.

Las embarcaciones crujían contra los amarres. No por la fuerza del agua —la ría estaba casi inmóvil—, sino como si algo se desplazase por debajo, rozando los cascos, comprobando límites.

Entonces escuché el canto.

No se podía llamar voz. Tampoco sonido humano. Era un ritmo grave, repetitivo, que parecía surgir de la propia masa del agua. No entraba por los oídos: se instalaba en el pecho, en los dientes, en la memoria.

Comprendí algo terrible y sencillo al mismo tiempo: el mar recordaba.

Vi figuras en los bancos de arena. No quise mirarlas de frente. Aprendí de niño que hay cosas que, si se observan con demasiada atención, ya no te sueltan. Aun así, percibí sus contornos: cuerpos excesivamente alargados, movimientos que no seguían una lógica terrestre, ojos situados donde no deberían existir.

Cantaban.

Y al hacerlo, la ría respondió.

No vi escenas completas, sino fragmentos: estructuras hundidas bajo el agua, calles que no obedecían a la geometría conocida, sombras enormes desplazándose por una ciudad que nunca figuró en los mapas. Algo inmenso, respirando con la paciencia de quien no teme el paso del tiempo.

Supe entonces por qué el cine se encendía esos días en Vilagarcía. No por cultura. No por tradición. Sino por necesidad.

Desde el puerto se distinguía el resplandor irregular de las salas. La luz proyectada hacia la noche parecía cumplir una función más antigua que el propio festival, como si alguien estuviera arrullando algo demasiado grande para este mundo.

El canto cambió. Se volvió más lento. Más profundo. Menos insistente.

Las figuras se alejaron. La superficie del agua comenzó a aclararse poco a poco, como si la ría aceptase el trato una vez más. El olor se disipó. El reflejo del cielo regresó, aunque ligeramente deformado, como un recuerdo recompuesto con prisa.

Me quedé allí hasta el amanecer.

Cuando volví a casa, encontré las botas de mi padre junto a la puerta. Estaban húmedas, cubiertas de ese brillo oleoso que todavía me mancha las manos en los sueños.

Nunca se encontraron restos. No hubo luto oficial. El mar, como siempre, se quedó con lo que reclamaba.

Desde entonces, cada año, cuando el festival comienza, bajo al puerto en silencio. Miro el agua. Agradezco que las pantallas sigan encendiéndose.

Porque sé lo que ocurre cuando no hay luz suficiente.

Y porque, algunas noches, cuando el viento viene del oeste y la ría oscurece más de lo habitual, escucho de nuevo el canto.

Más lejano.

Más paciente.

Esperando a que alguien olvide proyectar la siguiente historia.

Relato: Manuel Losada | Ilustración: Santipérez | Sobre una idea de Luis M. Rosales