
Relato: Manuel Losada | Ilustración: Santipérez | Sobre una idea de Luis M. Rosales
LO QUE SUBE CON LA MAREA
Apareció tras una bajamar excesiva, de esas que dejan la ría desnuda en zonas que normalmente no ven el aire.
El mar se había retirado más de lo debido. El fondo había quedado abierto como una herida larga de lodo negro, cuerdas viejas, cascos olvidados y restos que no deberían conservar forma.
El primero en verlo pensó que era una estructura caída.
Algo grande, apoyado de lado, medio cubierto de algas secas. Ni animal ni máquina. Un volumen irregular con salientes doblados y una curvatura central como un casco abierto.
No se movía.
Lo extraño era la piel: no mojada, no seca — una capa viscosa y mate, como aceite sin brillo.
Luego respiró.
No con la expansión de un pecho, sino por ondas laterales que le recorrían el cuerpo entero, contracciones lentas que iban de un extremo al otro, como si el aire viajase por canales internos.
Tenía el tamaño de una furgoneta pequeña.
No presentaba cabeza separada. El extremo frontal se abría en cinco láminas cartilaginosas superpuestas, semejantes a pétalos gruesos. La membrana translúcida dejaba ver venas oscuras moviéndose en el interior. Abrían y cerraban con un ritmo lento, filtrando aire y olor.
Debajo no había boca.
Había un campo denso de filamentos cortos que vibraban con el viento y se retraían cuando algo proyectaba sombra sobre ellos.
Los laterales se apoyaban en seis columnas articuladas, finas de más para el peso que sostenían. Sin embargo, mantenían tensión constante, flexando y endureciendo según la carga. Cada apoyo se clavaba en el limo y ajustaba posición con micro movimientos continuos.
No caminaba: se recolocaba.
Cada avance era una reorganización completa, como si su propia estructura se recalculase antes de tocar suelo de nuevo.
En la parte posterior arrastraba una masa de apéndices planos y superpuestos, como redes de carne fina. Se abrían con la humedad y se cerraban al secar. En ellos quedaban adheridos conchas, plásticos, trozos de cuerda — no basura, sino camuflaje vivo.
No se veían ojos.
Pero en distintos puntos de la superficie surgían zonas circulares más claras, ventanas de gel bajo las que se movían sombras líquidas orientadas hacia el movimiento.
No miraba: medía densidades.
Cuando uno de los presentes retrocedió un paso, el cuerpo entero respondió. Las seis columnas se hundieron un poco más. Las láminas frontales se abrieron un poco. Los filamentos se orientaron todos en la misma dirección.
Había detectado masa. Distancia. Presencia.
El sonido que emitió no fue grito ni llamada. Fue fricción húmeda, como dos superficies grandes separándose muy despacio.
Del lodo debajo empezaron a salir burbujas.
No estaba varado.
Estaba anclado.
Y esperaba la vuelta del agua.
—No es pez… —murmuró alguien, y la frase quedó incompleta en la memoria de todos.
La criatura inició el desplazamiento, lenta, precisa. No hacia las personas, sino hacia la línea donde la marea regresaría primero.
Cada recolocación dejaba una marca perfecta en el fondo: un hexágono hundido con filamentos impresos alrededor, como un sello orgánico.
Cuando el agua subió, ya no estaba.
Solo permanecieron las seis huellas y una película oscura flotando en la superficie, inmóvil, sin reflejar el cielo.
Desde entonces, en algunas bajamares extremas, vuelven a aparecer esas marcas.
Siempre seis.
Sempre orientadas hacia el mar abierto.
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