Mientras haya luz - Santipérez - Curtas Festival do Imaxinario
Relato: Manuel Losada | Ilustración: Santipérez | Sobre una idea de Luis M. Rosales

MIENTRAS HAYA LUZ

El aviso entró a las cuatro y veintidós de la madrugada.

Una incidencia en la línea que alimentaba parte del centro histórico. No un apagón completo, sino algo más incómodo: bajadas de tensión irregulares, reinicios espontáneos, lámparas que perdían intensidad sin llegar a apagarse del todo.

Brais llevaba doce años en el servicio de mantenimiento eléctrico del ayuntamiento y conocía bien ese tipo de llamadas. Casi siempre eran humedades, cables viejos, cajas mal selladas. Problemas menores que se resolvían sin pensar demasiado y se cerraban con un informe estándar.

Aquella noche, sin embargo, el plano llamó su atención.

Las incidencias no estaban dispersas. Se sucedían sobre el mapa formando una línea irregular, un trazado que no coincidía con la distribución moderna de la red. No respondía a criterios de eficiencia ni a ampliaciones recientes. Parecía algo anterior, dibujado cuando la ciudad aún se pensaba de otra manera.

—Esto no tiene lógica ninguna —murmuró, cogiendo la linterna.

Comenzó por la caja más próxima al Salón García.

Al retirarle la tapa, notó la sensación antes de identificar la causa. No era el zumbido habitual de una instalación en carga, sino una presión baja y constante, un pulso que no figuraba en ningún manual técnico. Los cables estaban calientes, pero no sobrecargados. Los valores eran correctos.

Demasiado correctos.

Anotó mentalmente la anomalía y siguió adelante.

La siguiente caja presentaba el mismo patrón. Y la siguiente también. Instalaciones antiguas, algunas oficialmente dadas de baja, seguían activas, bien mantenidas, integradas en un circuito que ya no aparecía en los esquemas actuales.

No parecía una chapuza.

Parecía mantenimiento.

Avanzó siguiendo el trazado, abriendo registros uno a uno, hasta acercarse a la zona del puerto. Allí, la última tapa estaba cubierta de una capa de sal reciente, húmeda, como si acabasen de retirarla del agua.

Al apartarla, el pulso se intensificó.

Las luces de la calle perdieron fuerza al mismo tiempo y la recuperaron de inmediato, en una sincronía perfecta. Ninguna saltó. Ninguna se apagó del todo.

Brais se quedó inmóvil.

No por miedo. Por cálculo.

La radio chirrió.

—Recibimos más avisos —dijo la voz de la central—. Pero no cae nada, ¿eh? Todo sigue en pie. Es raro.

—Ya lo estoy viendo —respondió él.

No cortó el suministro.

En el informe anotó que la incidencia había quedado resuelta mediante ajustes menores. No detalló cuáles. Nadie se los pidió. Se archivó como una anomalía sin consecuencias.

Antes de marcharse, apoyó la mano sobre la tapa ya cerrada.

Estaba caliente. No de un calor peligroso, sino estable, sostenido, como el de un cuerpo en reposo.

Desde aquella noche, cada año, Brais solicita voluntariamente el turno durante el festival. Revisa esa línea con más atención que ninguna otra. Sustituye piezas antes de que fallen. Limpia contactos que aún funcionan perfectamente.

Nunca propone modernizarla.

Sabe que hay sistemas que no se optimizan. Y que un segundo de oscuridad puede ser más largo de lo que marca el reloj.